27 DE ABRIL – II DOMINGO DE PASCUA – EVANGELIO JN 20, 19-31
Con la Resurrección, Jesús nos entrega el Espíritu Santo con el que se derrama sobre nosotros la divina misericordia del Padre.
Es el Segundo Domingo de Pascua, también llamado Domingo de la Divina Misericordia. Misericordia que se nos ha revelado plenamente en la persona de Jesucristo. Fue instituido por el Papa Juan Pablo II en el año 2000, el mismo en el que canonizó a la religiosa polaca Faustina Kowalska (1905-1938) conocida como la mensajera de la Divina Misericordia, y quien recibió revelaciones místicas en las que Jesús le mostró su corazón, fuente de misericordia, y le expresó su deseo de que se estableciera esta fiesta. El Papa Juan Pablo II le dedicó una de sus encíclicas a la Divina Misericordia, es decir a Dios mismo que es “Rico en Misericordia” (Encíclica Dives in misericordia – 1980).
Ahondemos más en la Palabra con estos 3 puntos:
1. “Dichosos los que creen sin haber visto”
Los relatos de apariciones de Jesús resucitado en los Evangelios nos remiten a experiencias de FE que corresponden a una dimensión distinta de las que captan físicamente los sentidos. La referencia a las señales dejadas por los clavos y la lanzasignifica que se trata del mismo Jesús que había muerto en la cruz, pero ahora con una presencia distinta de la física. Una presencia real, pero sólo es captable por la fe. En este sentido, la frase de Jesús a Tomás -Dichosos los que creen sin haber visto- contemplamos el inmenso amor de Dios reflejado en la incredulidad de Tomás. Su falta de fe lo lleva a un encuentro personal con el Cristo resucitado, a quien reconoce por las heridas de los clavos en sus manos. Finalmente, ante la evidencia de la resurrección, proclama con profunda fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. La duda de Tomás nos invita a reflexionar sobre nuestra propia fe. Nos recuerda que, sin un encuentro personal con el Resucitado, nuestra fe puede vacilar. Ser creyente no es solo aceptar una enseñanza, sino vivir la experiencia interior de un Cristo vivo y presente en nuestra vida.
2. “La paz esté con ustedes”
Este saludo de Cristo resucitado que encontramos tres veces en el Evangelio, es una invitación a la ESPERANZA. Es él mismo que se nos invita a darnos inmediatamente antes de la comunión. En este sentido son iluminadoras las palabras de Jesús en la segunda lectura (Apocalipsis 1, 9-19): “No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo”. Al proclamar que Cristo ha resucitado, expresamos nuestra esperanza en un porvenir nuevo en el que la vida triunfará sobre la muerte, y el amor sobre el abismo de la maldad.
3. “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados…”
La paz que da Cristo resucitado proviene de la reconciliación con Dios como resultado del perdón concedido gracias al Espíritu Santo que Él comunica: Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados…” El término espíritu quiere decir soplo, aire, aliento vital. En el lenguaje bíblico el Espíritu Santo es el aliento vital y renovador de Dios, que es AMOR, Dios mismo que con su energía creadora hace surgir la vida y la renueva.
Finalmente, Jesús sigue resucitando hoy, haciéndose presente incluso en medio de la incredulidad y del corazón cerrado de muchos. No hay barrera que su misericordia no pueda atravesar, porque su deseo es que toda la humanidad experimente, desde ahora, la alegría y la certeza de su presencia en el mundo.
¡Es hora de dar un auténtico testimonio de ese mismo amor en nuestra vida cotidiana, siendo misericordiosos como Dios Padre es misericordioso!
Hna. Lady Giuliana
